Gr7 Castellón. Etapa 1. Fredes - Vallibona
La etapa del día era la primera de la aventura. Desde Fredes a Vallibona. Era una travesía de alrededor de 20 kilómetros con un desnivel positivo de 500 metros. Sobre el papel no parecía difícil. Llanear con ligeras subidas en la primera mitad del recorrido para después afrontar una bajada larga y suave. El terreno era muy salvaje y despoblado. La Tinença de Benifassà y Els Ports de Morella en su máxima expresión.
Después de desayunar, Fede, el chef, preparó unos bocatas de jamón que luego, durante la ruta, supieron a gloria a nuestros caminantes.
Salieron de casa a las 7 de la mañana. Los rayitos, previsores, tenían ya un coche aparcado en Vallibona, a la espera de la llegada. Desde Morella, lugar de pernocta, ahora tenían que viajar a Fredes, lugar de donde se comenzaría esa etapa.
Consiguieron llegar, aparcar y salir desde el punto donde comenzaba la ruta a las 8.10. Fredes no estaba cerca de Morella y les llevó una hora subir al puerto de Torremiró, pasar por Castell de Cabres para llegar al comienzo de la ruta.
Tras un kilómetro de calentamiento llegaron al paraje de Les Ombrietes del mas de la mina. Pronto se salió a una pista de tierra y tras unos cientos de metros ya se acabó la civilización. comenzaba la pura montaña.
El Boixar debe su nombre a la gran cantidad de Boj que crece espontáneamente a su alrededor. El boj es una planta que tiene una madera extremadamente dura, y precisamente en este pueblo siempre ha habido tradición de artesanía con este material. El GR7 pasa por el mismo centro del pueblo. Casi parece hecho adrede el que los senderistas que siguen la ruta entren por una punta y salgan por la otra, andando por toda la calle mayor. Da la sensación que los del pueblo quieren que el turismo no se pierda.
La salida del Boixar es cuesta arriba. Estaban en el kilómetro 7 y tocaba subir por un pequeño barranco, el Barranc de la Canaleta. Era una bonita subida que, formando escaleras en la roca pelada, daba a un collado. Al final de la subida ya tocaba almorzar. Sacaron sus bocatas de jamón y se los comieron en un visto y no visto. Supieron a gloria.
Era el kilómetro 8,5 y la ruta cruza la carretera, la CV-105, entre el Boixar y Castell de Cabres. Los tres Rayitos hicieron una pequeña trampa para evitar un repecho y pasar por el lado de una masía, la Caseta de Pau. En vez de seguir las marcas del GR7 siguieron la carretera unos doscientos metros. Luego engancharon otra vez la ruta. Pequeña treta sin importancia que evitó unos cuantos resoplidos. El grupo no estaba cansado pero cualquier ahorro siempre era bienvenido.
Todo el camino está salpicado de puertas de ganado, de mil formas y maneras, con cierres relativamente complicados que había que estudiar para abrir y cerrar en condiciones. Algunas puertas son simples hilos electrificados que se enganchan y desenganchan con facilidad. Otras son vallas de alambre trenzado sujetas a palos, otras de alambre de espino. Las vallas que están en las pistas son más sofisticadas. Realmente no sn vallas pero hacen la misma función. Son los llamados pasos canadienses. Tubos de metal en el suelo que dejan pasar a los coches pero no a los animales, que tienen miedo de trabar sus patas en los huecos que dejan los tubos.
En su periplo, nuestros héroes abrieron y cerraron infinidad de puertas, asegurándose de dejar los portillos en las mismas condiciones como los habían encontrado.
En el kilómetro 12, cerca del Pic de l’Espinosa, la senda por donde van nuestros caminantes se une al camino de la rogativa que todos los años partiendo de Vallibona va a visitar a la Mare de Déu de Peñarroya de Tastavins. El camino está muy bien marcado. Es curioso porque tanto la rogativa como el GR7 van al mismo destino, a Vallibona, pero una ruta es más larga que la otra. La del GR7 es la corta. Había suerte para nuestros hombres que caminarían menos para llegar al objetivo.
Ahora comenzaba la bajada. Desde los casi 1200 metros de altitud en los que se encontraban tenían que llegar a los 600 y pico metros del pueblo de Vallibona.
La ruta seguía por una pista relativamente cómoda hasta llegar al Mas Roig, en km 12,8. Allí se toma una senda, que a no ser porque estaban la paletas que señalizaban el camino, era difícil de encontrar. Fede se dió cuenta que había perdido el gorro. Mientras Gilbert y Kiko esperaban, Fede deshizo parte del camino (unos cientos de metros) sin éxito. Buscó y rebuscó pero no encontró. Se hicieron algunos chistes en el grupo sobre si alguna cabra lo llevaría ahora para taparse del sol.
Se volvió a reemprender un poco la marcha y en el Mas de Prades, al km.13,5 de la ruta, el camino de la rogativa se separaba. Se enfilaba un poco hacia arriba. Las paletas indicadoras eran claras. El camino a Vallibona por la senda de la rogativa era sensiblemente más largo que el GR7. Contentos y felices, nuestros caminantes siguieron su camino por la corta, la que les tocaba.
La solución del enigma del camino corto y largo se descubrió en unos pocos cientos de metros. Poco a poco la ruta se va metiendo dentro del barranco de la Gatellera. Primero por una sendita que bucólicamente pasa por uno u otro lado del barranco, lo cruza de vez en cuando y al final, sin ningún miramiento, se mete por el mismo centro del barranco, pisando, saltando y esquivando todas las piedras del mundo.
Un poco más adelante se accede a una pista de cemento. Se agradece dejar la inestabilidad de los cantos rodados para llegar a la civilización. Por fin se acabó el barranco.
Siguiendo por la empinada pista hacia abajo, los Rayitos ya veían el pueblo al que se accede desde arriba. Pasaron por el impresionante muro de la zona del Barranc del Gorg. Un kilometrito más y llegarían a Vallibona, en el kilómetro 19,830 de la ruta.
Todavía no eran las dos de la tarde y nuestros senderistas fueron corriendo al restaurante de su amiga Tere a hidratarse. La terraza del restaurante está en un lugar privilegiado con vistas al pueblo y al gran meandro que hace el río Cèrvol a su paso por Vallibona.
Tras una mínima hidratación cervecera Tere les preparó una estupenda comida muy casera y trabajada. Pastel de verduras, berenjena rellena de gambas, tombet de cordero, cuajada y alguna cosa más que no recuerdo. Todo un festival gastronómico regado con cerveza y vino con gaseosa. Simple, casero y buenísimo. Tere y su marido, al que solo se le vio comer y pasear, son una pareja catalana que llevaban ya más de 20 años en Vallibona. A Gilbert y a Kiko les sonaba la cara y las maneras de Tere, pero no llegaron a descubrir el porqué. Un misterio por resolver. Esta pareja tenía pinta de ser de los últimos post-hippies que vinieron a los pueblos a buscar la esencia de la naturaleza veinte años atrás. Esto es especulación, pero casi seguro que no andarán muy desencaminados.
Preguntando a gentes del pueblo (al marido de Tere), nadie se mojaba mucho. Es posible que si se pueda con un coche. Es posible que te cargues el coche. No se si es posible. A lo mejor si. A lo mejor no. Nadie decía las cosas claras.
El coche de nuestros caminantes no era todo terreno pero sí que era altito. Esto les animó por fin a decidir ir por la pista de tierra. Y el resultado fue perfecto. El coche, que era de Gilbert, conducido por Fede, llevó con éxito al grupo de Vallibona a Fredes a recoger el otro coche, y en tiempo record.
En un ratito llegaron los tres a Morella con los dos coches.
Todo el día había estado un poco nublado. Había estado un tiempo perfecto para caminar. Con calor pero sin pasarse y con sol pero sin pasarse. Ahora el cielo se complicaba por momentos. La tormenta estaba cerca. Sin descargar la mochila, Kiko y Gilbert fueron a comprar pan y cervezas. Como era de esperar, se mojaron hasta las trancas con la tormenta que cayó de golpe en el pueblo de Morella.
Los ánimos y la lluvia no dieron pie a dar una vuelta por Morella. Nuestros caminantes se portaron bien y se quedaron en casa. El chef Fede preparó una cena calórica. Cervezas, ensalada y tortellini rellenos de queso con tomate.
A las 10 de la noche ya estaban cada uno en su habitación. El día había sido movido y había que descansar los pies y el cerebro.
Ahora tocaba dormir y esperar la etapa del día siguiente.
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