Gr7 Castellón. Etapa 1. Fredes - Vallibona


A las 6.00 sonaron los despertadores en Morella. Fede, Gilbert y Kiko se turnaron para el baño y desayuno, la rutina de la mañana.

La etapa del día era la primera de la aventura. Desde Fredes a Vallibona. Era una travesía de alrededor de 20 kilómetros con un desnivel positivo de 500 metros. Sobre el papel no parecía difícil. Llanear con ligeras subidas en la primera mitad del recorrido para después afrontar una bajada larga y suave. El terreno era muy salvaje y despoblado. La Tinença de Benifassà y Els Ports de Morella en su máxima expresión.



Después de desayunar, Fede, el chef, preparó unos bocatas de jamón que luego, durante la ruta, supieron a gloria a nuestros caminantes.

Salieron de casa a las 7 de la mañana. Los rayitos, previsores, tenían ya un coche aparcado en Vallibona, a la espera de la llegada. Desde Morella, lugar de pernocta, ahora tenían que viajar a Fredes, lugar de donde se comenzaría esa etapa. 

Consiguieron llegar, aparcar y salir desde el punto donde comenzaba la ruta a las 8.10. Fredes no estaba cerca de Morella y les llevó una hora subir al puerto de Torremiró, pasar por Castell de Cabres para llegar al comienzo de la ruta.


Aparcaron el coche a la entrada del pueblo y buscaron donde los GPS les marcaban el comienzo del track. El termómetro del coche marcaba 10 grados. Fresquito para la finales de junio pero normal para donde estaban. Al principio hubo problemas, algunos GPS no grababan pero otros sí. No se podía esperar y se salió en esas condiciones. El punto de salida marcaba una cosa rara. Se bajaba sin camino a un barranquito y se seguía por allí. Allá que fueron y acertaron. Ese era realmente el camino.

Tras un kilómetro de calentamiento llegaron al paraje de Les Ombrietes del mas de la mina. Pronto se salió a una pista de tierra y tras unos cientos de metros ya se acabó la civilización. comenzaba la pura montaña.


Una senda se adentraba por una zona a veces pelada y a veces con bosque, por la Foia de les Roquetes. Ya llevaban 3,5 kilómetros y llegaron arriba del Barranc de la Pasquala. Allí se encontraron con una gran pluma de buitre. Se la pusieron clavada a la mochila de Fede como si fuera un jefe indio. 


Poco a poco se iban acercando al pueblo del Boixar. La aproximación es desde abajo. Justo bajo el pueblo hay una granja de vacas y el camino pasa justo por en medio. Esta era la primera de las muchas veces que nuestros Rayitos se encontrarían con estos animales en toda la aventura. La vacas, en medio del camino, se quedaban mirando sin moverse hasta el último momento. Cuando ellas entendían que tres personas estaban demasiado cerca, con un rápido movimiento (lo rápido que les permitía su excesivo peso) se apartaban de forma brusca de la trayectoria de los caminantes. Este patrón, que se daba siempre, cambiaba en dos ocasiones. Cuando la que se vería atrapada era una cría o cuando se trataba de un toro. En el primer caso la madre, que seguro que estaría cerca, podía ponerse nerviosa e ir a defender al ternero o ternera, con lo que había que tener cuidado. En el caso de que el que se tenía que mover fuera un toro, el tema cambiaba. En estos casos quizá era mejor dar un rodeo antes que tentar la suerte y jugársela a que el animalito, que normalmente era muy grande, tuviera ganas de moverse.


En el kilómetro 6, en el paraje de Els Horts, ya estaban tocando el pequeño pueblo por el que que pasa la ruta. Abajo, desde donde venía el camino todavía hay pequeños huertos cultivados. Un hombre trabajando saludó al grupo. Sería uno de la veintena de empadronados en el municipio que estaba con sus verduras y tomates.

El Boixar debe su nombre a la gran cantidad de Boj que crece espontáneamente a su alrededor. El boj es una planta que tiene una madera extremadamente dura, y precisamente en este pueblo siempre ha habido tradición de artesanía con este material. El GR7 pasa por el mismo centro del pueblo. Casi parece hecho adrede el que los senderistas que siguen la ruta entren por una punta y salgan por la otra, andando por toda la calle mayor. Da la sensación que los del pueblo quieren que el turismo no se pierda.


Aunque eran las 10 de la mañana y tentaba la idea de almorzar en el bar, nuestros caminantes retuvieron sus instintos y siguieron camino. Si se sentaban a almorzar con cervecita y café perderían un tiempo precioso que después tendrían que recuperar.  Almorzarían un poco más arriba, cuando ya estuvieran otra vez en la naturaleza..

La salida del Boixar es cuesta arriba. Estaban en el kilómetro 7 y tocaba subir por un pequeño barranco, el Barranc de la Canaleta. Era una bonita subida que, formando escaleras en la roca pelada, daba a un collado. Al final de la subida ya tocaba almorzar. Sacaron sus bocatas de jamón y se los comieron en un visto y no visto. Supieron a gloria.


La ruta ahora llaneaba por un paisaje bastante pelado a unos 1.100 metros de altitud. El tiempo estaba algo nublado y corría algo de viento. Un día perfecto para el senderismo.

Era el kilómetro 8,5 y la  ruta cruza la carretera, la CV-105, entre el Boixar y Castell de Cabres. Los tres Rayitos hicieron una pequeña trampa para evitar un repecho y pasar por el lado de una masía, la Caseta de Pau. En vez de seguir las marcas del GR7 siguieron la carretera unos doscientos metros. Luego engancharon otra vez la ruta. Pequeña treta sin importancia que evitó unos cuantos resoplidos. El grupo no estaba cansado pero cualquier ahorro siempre era bienvenido.


Una pista de tierra les llevó a la Moleta de sant Pere Màrtir en el km 9. Después, por una senda, en medio de un buen bosque, se pasa por el Racó de les Vaques, rodeando de cerca el Cerro del Águila, de 1243 metros de altitud. Andaban muy altos. Por el nombre del lugar se esperaba que hubieran multitud de vacas. Había mucho prado y muy verde, pero vacas pocas. Los que sí que había, y muchas, eran puertas de fincas cerradas para que no se escaparan las vacas.

Todo el camino está salpicado de puertas de ganado, de mil formas y maneras, con cierres relativamente complicados que había que estudiar para abrir y cerrar en condiciones. Algunas puertas son simples hilos electrificados que se enganchan y desenganchan con facilidad. Otras son vallas de alambre trenzado sujetas a palos, otras de alambre de espino. Las vallas que están en las pistas son más sofisticadas. Realmente no sn vallas pero hacen la misma función. Son los llamados pasos canadienses. Tubos de metal en el suelo que dejan pasar a los coches pero no a los animales, que tienen miedo de trabar sus patas en los huecos que dejan los tubos. 

En su periplo, nuestros héroes abrieron y cerraron infinidad de puertas, asegurándose de dejar los portillos en las mismas condiciones como los habían encontrado.

En el kilómetro 12, cerca del Pic de l’Espinosa, la senda por donde van nuestros caminantes se une al camino de la rogativa que todos los años partiendo de Vallibona va a visitar a la Mare de Déu de Peñarroya de Tastavins. El camino está muy bien marcado. Es curioso porque tanto la rogativa como el GR7 van al mismo destino, a Vallibona, pero una ruta es más larga que la otra. La del GR7 es la corta. Había suerte para nuestros hombres que caminarían menos para llegar al objetivo.


Cuenta la leyenda que en el siglo XIV una peste dejó Vallibona sin jovencitas. El sacerdote Mossén Pinyol propuso a los siete chicos, que con unos pocos viejos eran los únicos "supervivientes", emprender el camino de la Tinença de Benifassà en busca de pareja con la que repoblar Vallibona. El mismo panorama desolador hallaron en Castell de Cabres i Coratxà hasta llegar exhaustos a la ermita de la Mare de Dèu de la Font de Pena-Roja donde les dió cobijo un ermitaño. Al dar a conocer sus pretensiones y después de rezar a la Virgen, el sacerdote de Pena-Roja Mossén Bruño les puso en contacto inmediatamente con una anciana acomodada, la tía Petronila, a quien la peste le había dejado a su cargo siete nietas huérfanas. Al poco tiempo los siete vallibonenses contraían matrimonio con las siete nietas. Suena a película musical americana, no sé.

Ahora comenzaba la bajada. Desde los casi 1200 metros de altitud en los que se encontraban tenían que llegar a los 600 y pico metros del pueblo de Vallibona.

La ruta seguía por una pista relativamente cómoda hasta llegar al Mas Roig, en km 12,8. Allí se toma una senda, que a no ser porque estaban la paletas que señalizaban el camino, era difícil de encontrar. Fede se dió cuenta que había perdido el gorro. Mientras Gilbert y Kiko esperaban, Fede deshizo parte del camino (unos cientos de metros) sin éxito. Buscó y rebuscó pero no encontró. Se hicieron algunos chistes en el grupo sobre si alguna cabra lo llevaría ahora para taparse del sol.

Se volvió a reemprender un poco la marcha y en el Mas de Prades, al km.13,5 de la ruta, el camino de la rogativa se separaba. Se enfilaba un poco hacia arriba. Las paletas indicadoras eran claras. El camino a Vallibona por la senda de la rogativa era sensiblemente más largo que el GR7. Contentos y felices, nuestros caminantes siguieron su camino por la corta, la que les tocaba.

La solución del enigma del camino corto y largo se descubrió en unos pocos cientos de metros. Poco a poco la ruta se va metiendo dentro del barranco de la Gatellera. Primero por una sendita que bucólicamente pasa por uno u otro lado del barranco, lo cruza de vez en cuando y al final, sin ningún miramiento, se mete por el mismo centro del barranco, pisando, saltando y esquivando todas las piedras del mundo.


Gilbert, que como líder siempre le gusta ir delante, vió los huesos pelados de una pata de cabra en medio del camino. Alguien se había dado un festín. Unos metros más adelante otro par de huesos. Ya tenían los huesos de las dos patas. Un poco más adelante estaban los huesos de las caderas y por fin, a escasos 50 metros, el cráneo de una cabra. Más de un animal se había alimentado de este cadáver. Parece que lo arrastraron a medida que se lo iban comiendo. La naturaleza no desaprovecha nada. Cuando algo se muere, muchos viven de esa muerte.


El barranco por el que penosamente andaban nuestros héroes a veces era de piedras pequeñas que dificultaban el caminar. Otras veces se estrechaba el cauce y había que casi dejarse deslizar por toboganes de piedra y saltar grandes rocas. El camino avanzaba muy poco a poco. Los Rayitos pensaban en los de la rogativa, que ya estarían en Vallibona, los listos.

Por fin, en el kilómetro  17,8 se llega a la fuente de la Gatellera, en medio d
el barranco. La fuente está cerrada y protegida dentro de una caseta construida al efecto. Nuestros senderistas imaginaron que el agua se aprovechaba para riego y para dar de beber al pueblo. Ya faltaba poco y los pies y tobillos estaban realmente doloridos por el paso por el barranco, por el que llevaban más de una hora andando.

Un poco más adelante se accede a una pista de cemento. Se agradece dejar la inestabilidad de los cantos rodados para llegar a la civilización. Por fin se acabó el barranco.

Siguiendo por la empinada pista hacia abajo, los Rayitos ya veían el pueblo al que se accede desde arriba. Pasaron por el impresionante muro de la zona del Barranc del Gorg. Un kilometrito más y llegarían a Vallibona, en el kilómetro 19,830 de la ruta.


Todavía no eran las dos de la tarde y nuestros senderistas fueron corriendo al restaurante de su amiga Tere a hidratarse. La terraza del restaurante está en un lugar privilegiado con vistas al pueblo y al gran meandro que hace el río Cèrvol a su paso por Vallibona.

Tras una mínima hidratación cervecera Tere les preparó una estupenda comida muy casera y trabajada. Pastel de verduras, berenjena rellena de gambas, tombet de cordero, cuajada y alguna cosa más que no recuerdo. Todo un festival gastronómico regado con cerveza y vino con gaseosa. Simple, casero y buenísimo. Tere y su marido, al que solo se le vio comer y pasear, son una pareja catalana que llevaban ya más de 20 años en Vallibona. A Gilbert y a Kiko les sonaba la cara y las maneras de Tere, pero no llegaron a descubrir el porqué. Un misterio por resolver. Esta pareja tenía pinta de ser de los últimos post-hippies que vinieron a los pueblos a buscar la esencia de la naturaleza veinte años atrás. Esto es especulación, pero casi seguro que no andarán muy desencaminados.


Una vez hecha la ruta y con el estómago lleno, se tenía que volver a Fredes a por el otro coche. Había tres opciones de ruta para ello. La primera era ir por carretera a Rosell, la Sènia, el pantano de Ulldecona y después subir el puerto de Fredes. Hora y media de viaje. La segunda ruta era también por carretera. Había que ir hasta Morella, Torremiró, Castell de Cabres y el Boixar. Al final, también hora y media de viaje. Por último había una pista de tierra que llevaba directamente a Castell de Cabres. En menos de media hora se plantaban en Fredes.

Preguntando a gentes del pueblo (al marido de Tere), nadie se mojaba mucho. Es posible que si se pueda con un coche. Es posible que te cargues el coche. No se si es posible. A lo mejor si. A lo mejor no. Nadie decía las cosas claras.

El coche de nuestros caminantes no era todo terreno pero sí que era altito. Esto les animó por fin a decidir ir por la pista de tierra. Y el resultado fue perfecto. El coche, que era de Gilbert, conducido por Fede, llevó con éxito al grupo de Vallibona a Fredes a recoger el otro coche, y en tiempo record.

En un ratito llegaron los tres a Morella con los dos coches.

Todo el día había estado un poco nublado. Había estado un tiempo perfecto para caminar. Con calor pero sin pasarse y con sol pero sin pasarse. Ahora el cielo se complicaba por momentos. La tormenta estaba cerca. Sin descargar la mochila, Kiko y Gilbert fueron a comprar pan y cervezas. Como era de esperar, se mojaron hasta las trancas con la tormenta que cayó de golpe en el pueblo de Morella.


Ya en casa, mojados con pan y cervezas, vino la ducha y después la lavadora (si Gibert no pone la lavadora, se muere). Había tormenta pero daba igual, la ropa tendida se mojaría un poco más.

Los ánimos y la lluvia no dieron pie a dar una vuelta por Morella. Nuestros caminantes se portaron bien y se quedaron en casa. El chef Fede preparó una cena calórica. Cervezas, ensalada y tortellini rellenos de queso con tomate.

A las 10 de la noche ya estaban cada uno en su habitación. El día había sido movido y había que descansar los pies y el cerebro.

Ahora tocaba dormir y esperar la etapa del día siguiente.


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