Gr7 Castellón. Etapa 2. Vallibona - Morella



Nuestros Rayitos iban a comenzar el segundo día de ruta. Era ya martes, finales de junio y hasta ahora todo había marchado según la planificación prevista.

A las 6h sonó la diana. Rapidito que había trabajo que hacer. Corriendo, nuestros héroes se asearon, desayunaron y se vistieron. Mientras se preparaban para salir, el chef Fede montó unos bocatas de tortilla de patata con cebolla para almorzar. La pinta que tenía la tortilla era buenísima. Una vez en la calle, veloces al coche y a la marcha. Alguno parece que corrió más que otros. Luego os cuento el porqué.

Había que ir en coche a Vallibona para comenzar la ruta. El otro coche se quedaba en Morella, el final de la etapa. Durante el viaje en coche para comenzar la ruta, ya casi llegando a Vallibona, se cruzaron un par de cabras-corzos que pasaron como una exhalación por delante del coche. ¡Había vida por donde iban a pasar!

La etapa del día cubría desde Vallibona hasta la propia Morella. Era una etapa cuya característica principal era la subida inicial. Después se llaneaba y se bajaba. Al final, cuando se llega a Morella hay una subida importante, que se tendría que hacer para llegar a casa, pero esto último ya lo tenían pensado y solucionado.



A las 7.50 se salía de Vallibona andando. Cuando salieron nuestros Rayitos ya había una persona barriendo la plaza del pueblo. Era una persona mayor, pero no se distinguió ni por las formas ni por la vestimenta si era hombre o mujer. Daba igual. Era maj@.

La ruta empezaba potente. De los 650 metros de altura de Vallibona hay que alcanzar los 1250 metros. Nada más y nada menos. El camino comienza muy bonito. Muy conservado con un empedrado impecable. Es el antiguo camino para salir del agujero donde se encuentra Vallibona.


Se sale por la carretera pero enseguida, a a altura del Segon Pont, se toma una senda a la izquierda. Kiko, el más débil, va delante para que el grupo se mantenga compacto. Si no, se le escaparían y tendría que andar todo el rato llamándoles la atención para que bajaran el ritmo.


El camino lleva a nuestros Rayitos al Barranc de Baix de Santa Àgueda y alrededor del kilómetro 2 de la ruta cruza la carretera y pasa por el Mas de Baix de Santa Àgueda, muy cuidadito. Después por el Mas de Cap d’Ombria, también impecable. Son Masías que se han transformado en casas de campo para disfrutarlas. Antiguamente la vida era dura allí pero ahora, con acceso en coche y una casa en condiciones, ya puede nevar, hacer frío o calor que los descendientes de los antiguos masoveros viven mucho mejor que sus abuelos.


Los Rayitos recordaron que por esa zona era por donde se escondía la Pastora, famoso o famosa resistente maquí de la Posguerra Civil. Viendo el paisaje y los pocos habitantes y restos de construcciones uno se da cuenta de lo abandonado que está todo y que, hace 80 años, en la época de los maquis, también costaría mucho encontrar una partida de personas en medio de esas montañas. Y los que más sufrían eran los de las masías. Primero porque iban los maquis y les pegaban si no les daban de comer, para después ir la guardia civil y les pegaban si les habían dado de comer a los maquis. Sí o sí, a salir trasquilado.

El camino se separa definitivamente de la carretera y coge altura. En el kilómetro 4,5 ya están a 1.000 metros de altitud. La senda es muy boscosa, muy cerca del muro que forma la cima de las montañas. Se pasa por la zona de la Basseta (la Rourera, la Solsida i les Ginebres), cresteando toda la Serra del Peiró Trencat, la zona más alta de la etapa, a 1.100 metros. En los 6,5 kilómetros que llevaban caminados, nuestros senderistas ya llevaban 500 metros de desnivel positivo subido.

Por el nombre de los parajes por los que pasa el grupo (les Ginebres, la Rouera) se puede intuir la vegetación de la zona. Bosque cerrado de pino, encina y roble para después pasar a zonas más altas y peladas con sabinas y enebros.

En el punto más alto de la etapa nuestros héroes almorzaron. Hoy tocaba bocata de tortilla de patatas con cebolla. Buenísima. Los tres caminantes comieron un poco menos de lo que deseaban porque el trasto de Gilbert se olvidó de coger el bocadillo y hubo que compartir. Si se lo dejaba otro día, ya no se compartiría. Como he comentado al principio, el salir con prisas de Morella llevó al olvido del bocata al despistado del grupo.


Ahora, desde el punto más alto de la etapa del día ya no quedaba más remedio qe bajar. Poco a poco comenzaba el descenso. El paisaje está muy pelado y solo hay algún enebro o alguna sabina y muros de piedra seca. Había que estar atento a las marcas de la ruta porque un despiste te puede llevar a saltar un muro.
Llegó un momento en que el track no concordaba con las rayas pintadas del GR7. Lo que había recorrido la persona que grabó la ruta en internet no era lo que estaba marcado en el suelo. Claramente se veía un aspa pintada en rojo y blanco en una roca por donde pasó el excursionista del que los Rayitos habían copiado la ruta. Se hizo y se deshizo camino por unos 300 metros dudando sobre qué hacer. Había que tomar una decisión. O confiar en la tecnología y los tecnócratas o confiar en las pinturas y los pintores. Había que seguir la ruta del gps o seguir las marcas del GR7 del camino.

Nuestros Rayitos decidieron seguir las marcas del camino. No conocían a quien había hecho el track y la pintura daba más confianza. Estaban en el kilómetro 7,5.


Pues, como suele pasar el 50% de las veces, la elección fue errónea. Las marcas llevaron a los caminantes hacia una masía, el Mas de Farnós. La masía estaba habitada porque había un coche aparcado. De repente, cuando nuestros senderistas estaban a unos 500 metros de la masía y ya bajaban hacía ella, se vio a un masovero encaramándose al tejado de la gran casa. Iba vestido con un mono azul, como suelen ponerse por allí cuando tienen que trabajar con los animales o en la obra. Tambíén se oían ladridos de perro. Todas estas cosas pusieron en guardia a nuestro héroes. Un perro suelto podría dar problemas porque nunca se sabe cómo un animal va a responder cuando se cruza con extraños.

Fede, que estaba oyendo los ladridos dijo que eso no eran de perro, sino del propio masovero que quería ahuyentarlos. Nuestros caminantes pararon un momento y comprobaron lo que decía Fede. Efectivamente había un masovero con un mono azul subido al tejado de una masía ladrando como un perro fiero.



Como los senderistas eran conscientes que se habían equivocado de ruta, necesitaban volver al camino del gps y cometieron un nuevo error. A nadie se le pasó por la cabeza desandar el kilómetro que habían hecho mal y coger el camino bueno. La cosa estaba en seguir e ir buscando el camino mirando hacia adelante. Pero para volver a la ruta correcta necesitaban pasar forzosamente por la masía, y allí había a una persona humana encaramada a un tejado y ladrando. Daba un poco de respeto decirle “hola”. No se sabía el grado de locura, rabia, miedo o cachondeo que llevaba el tipo aquel. No se sabía si el “hombre-perro” iba a sacar una escopeta y la liaba parda, o invitaba a una cervezas a nuestros amigos..

La decisión más prudente fue la que tomaron los tres andarines. Rodear la masía por el otro lado del barranco y, una vez superada, tratar de alcanzar la ruta original.

El no-camino por delante de la masía fue bastante trabajoso. Hubo que salvar dos o tres vallas de ganado, sin puerta, y la única opción que tenían era seguir un barranco cada vez más encajonado. La ruta buena estaba no muy lejos, a la derecha, pero ellos estaban cada vez más abajo dentro del barranco y la pared que los separaba del camino correcto era cada vez más alta, absolutamente impracticable. El no-camino se acabó y la única salida era seguir por dentro de la torrentera, a lo que nuestros senderistas decidieron unánimemente que no. Era una locura.

Los tres caminantes, ya conscientes de que estaban perdiendo demasiado tiempo, sólo tenían una opción, dar marcha atrás. Desandaron un poco acercándose peligrosamente al hombre-perro y, campo a través y cuesta arriba, salir del barranco por una zona un poco menos escarpada y reencontrar la ruta. Eso hicieron y les salió bien. Esta vez no oyeron ladrar al hombre-perro. Estaría cazando algún conejo.

Toda la aventura les hizo perder hora y media. Pero al fin, como salió todo bien, se quedaron con lo bueno y se olvidaron de lo malo.

Unos cientos de metros más adelante el gps les volvió a meter en un pequeño lío. Tuvieron que saltar un muro de piedra, cruzar una valla de alambre y bajar por un bonito bosque pero bastante denso y sin camino. Así, a lo salvaje. las rayas que marcan el GR7 brillaban por su ausencia. La cosa estaba en seguir el gps para no perderse y cometer los mismos errores que el personaje que grabó el track. Al contrario que cuando el hombre-perro, esta vez confiaron ciegamente en el gps y, aun cuando pensaron que era una locura, tuvieron la sangre fría de cumplir como cabras lo que la tecnología les marcó. Siguieron fielmente la línea del gps y así consiguieron salir del atolladero. 

Ya superado el pequeño problema, se siguió una pista de tierra muy desdibujada, todo el camino vigilados por una vaca que no perdía detalle. La pista de tierra rodeaba el Collet del Sant Crist y les llevó a la masía Moreno, en el kilómetro 11,5 de la ruta del día. La Masía estaba habitada y con ganado. Allí sí que había un perro de verdad. Les miró y no les hizo ni caso. Estaba tirado en la puerta de la masía, levantó una oreja, vio a los caminantes y volvió a bajar la oreja. Los perros de verdad tuvieron más condescendencia con el grupo que los de mentira.


El camino seguía bajando, ahora por una zona bastante más civilizada. Se llegó a una carretera asfaltada y allí, a los pies de un muy joven río Bergantes, el GR7 se unió a la ruta de la rogativa que va desde Morella al santuario de la Vallivana. Estaban ya en el kilómetro 12.

A partir de ese punto las dos rutas, tanto la de la romería a la Vallivana como la del GR7 discurren juntas hasta Morella.

Según cuenta la web de turismo de la Comunidad Valenciana, el primer sábado del mes de mayo, los morellanos tienen una cita con su patrona, la Virgen de Vallivana. Centenares de personas recorren en romería 22 kilómetros desde la ciudad hasta el Santuario de la Virgen de Vallivana. La vuelta a Morella ya se produce el domingo, y también se realiza caminando.


Esta romería tiene lugar aquellos años en los que no se celebra el tradicional Sexenio de Morella. Y es que, en esos años, esta Rogativa al Santuario de la Virgen de Vallivana se traslada al mes de agosto y gana una especial relevancia e increíble solemnidad. En este caso, los habitantes caminan hasta el santuario y regresan al municipio con la imagen de su patrona, que permanece en la ciudad hasta octubre.

Los orígenes de esta fiesta en honor a la Virgen de Vallivana se remontan al siglo XV. Poco a poco, la celebración ha ido ganando seguidores y la participación cada vez es mayor.

Todo el camino de la peregrinación a la Vallivana tiene una señalización propia y está muy bien marcado para que no se pierdan los romeros. 

El final de la ruta se hace prácticamente por carretera. desde el kilómetro 14,4 al 16,8. Más de 2 kilómetros. Los pies se calentaron un poco más de lo normal. porque hacía bastante calor. Nuestros Rayitos andaban por el arcén de la N-232 con bastante tráfico de camiones. Los muchos camioneros que tuvieron que dejar un poco de espacio para no molestar a nuestros senderistas pensarían que los nuestros estaban un poco perturbados por ir a mediodía con el calor que pegaba andando por esas carreteras.

Los Rayitos habían hecho una pequeña pillería por la mañana y la agradecieron mucho en ese momento. Se había aparcado un coche en el barrio del Hostal Nou de Morella, justo abajo del pueblo, con lo que evitaba el que el grupo tuviera que andar cuesta arriba un kilómetro más al aparcamiento de Morella a buscar el coche.

En esta etapa también se encontraron con multitud de puertas para el ganado que había que abrir y cerrar. De mil maneras y técnicas, pero todas en perfectas condiciones de uso.


Al llegar a destino eran las dos menos veinte y cada vez hacía más calor. Los nuestros se hidrataron un poco y directamente fueron con el coche a recoger el otro coche que tenían aparcado en Vallibona, el que habían utilizado para comenzar la etapa. Acto seguido dejaron este coche en Ares, destino del día siguiente. Así ya tenían preparada la logítica de transporte de la ruta del día siguiente.

Al final fueron, contando con la trampita última, casi 17 kilómetros con un desnivel positivo de más de 600 metros, casi todos hechos al comienzo de la etapa. Casi 6 horitas de caminar, contando pérdidas, esperas, almuerzos, trabajos de saltar vallas, semiescalada y bucólicos paseos forestales.

Entre tanta ida y venida para coger y dejar los coches en los sitios adecuados, llegaron al apartamento sobre las cuatro y media sin comer. Pillaron lo que tenían más a mano y comieron de picar. Entre otras cosas se comieron el bocata que Gilbert había olvidado por la mañana. Seguía estando muy bueno. Después tocaban las merecidas ducha y siesta.

Después de la ducha, Kiko encontró un "inquilino" que se había colado en la etapa. Se trataba de una garrapata que se le había enganchado en la pierna. Con un poco de aceite y mucha paciencia la garrapata se soltó y fue aniquilada.


Por la tarde, un poco de rutina. Había que poner una lavadora, por supuesto. A Gilbert no se le iba la manía de la lavadora. Al finalizar la aventura solo habría que sacar la ropa de la bolsa de viaje y guardarla en el armario. Estaría toda limpia.

Durante el resto de la tarde, que ya era poco, cayó alguna cerveza en los porches de Morella, para estirar las piernas, tras lo que se regresó al apartamento y el chef Fede obsequió al grupo con una cena de raviolis con tomate.

Luego, el chef Fede comenzó a preparar algo del almuerzo del día siguiente. Antes de dormir, el grupo recogió todo. Había que dejar el apartamento en condiciones porque por la mañana había mudanza. Los Rayitos trasladaban su centro de operaciones desde Morella a Culla.

Sin hacerlo más largo, a las 10 se fueron los tres a dormir. Desde las 6 de la mañana se habían hecho muchas cosas y el cerebro necesitaba sueño para poder asimilarlo todo.


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