Gr7 Castellón. Etapa 4. Ares - Culla


A las 6 de la mañana sonaron los despertadores y  todos fueron para arriba.  La etapa de ese día se presentaba no muy difícil. El GR7 partía del Coll d’Ares, lugar que corona el puerto de la carretera que va de Castellón a Vilafranca del Cid. La ruta terminaba en Culla, pasando por Benassal. Como se puede esperar en estos lugares, la ruta no era plana. Desde  Ares, que estaba allá arriba, se tenía que bajar a Benassal, 400 metros por debajo, para después subir a Culla, doscientos y pico metros más arriba. No era la ruta más difícil de la aventura pero estaba en la línea del resto. 17 kilómetros y 500 metros de desnivel positivo.


A las 7 de la mañana ya estaban los tres senderistas preparados para llevar el coche hacia Ares a comenzar la ruta. Fede andaba con los tobillos delicados. Los barrancos, las calores y los kilómetros habían pasado factura y Fede quiso ser prudente. Así que el otro coche, que también estaba en Culla, lo llevaron a Benassal, punto medio de la etapa del día, por si el senderista quería terminar la etapa en un punto intermedio de la ruta. Siendo un poco egoísta, al resto de caminantes les interesaba que el chef Fede acabara antes, así tendrían una buena comida preparadita en casa cuando acabaran. Suena feo, pero en aquellos momentos donde los sentimientos primarios afloran con más facilidad, cualquier cosa que mejore la calidad de vida dentro de una aventura siempre es bienvenida.

En esta etapa, el chef Fede se ahorró el hacer los bocadillos del almuerzo. Como había un pueblo por el que se pasaba a mitad de camino (Benassal), los nuestros aprovecharían para almorzar sentados decentemente en una mesa, con camareros, cerveza fresca y café. Como señores.

Los tres caminantes ya estaban dispuestos para comenzar. La mujer del bar del coll d’Ares, final de la ruta del día anterior y comienzo de la ruta de este día, les había dicho: “de Ares a Benassal, dos horas, y de Benassal a Ares, dos y media”. Parecía una frase hecha y nuestros caminantes se creyeron el dicho. Entendían esa media hora de más por el desnivel. De Ares a Benassal era cuesta abajo y de Benassal a Ares era cuesta arriba. Ellos no iban a ser menos que el resto de miles y miles de personas que habían hecho ese recorrido y se decidieron a comprobar la verdad de esa afirmación. Mirarían cuanto les llevaba llegar a Benassal.

Otro tema era el dormirse. Parece que algo esotérico había en este tramo de la aventura. En Castellón hay un dicho que se dice cuando una persona está en ese estado tras la comida en el que todavía no se ha dormido la siesta pero casi. Cuando una persona tiene esa modorra presiesta se dice que está “entre Ares y Benassal”. Este era el día en el que nuestros Rayitos descubrirían que se siente cuando alguien está realmente entre Ares y Benassal.

La salida se hace desde muy alto, desde el puerto d’Ares, a 1137 metros sobre el nivel del mar. Aun estando tan altos, el camino se enfilaba un poco más hacia arriba. De los 1137 metros había que subir 100 metros más.



El camino es una senda que discurre justo por debajo de las crestas de los farallones que coronan la sierra. Nuestro grupo tenía a su derecha las grandes paredes de las “muelas” y a su izquierda una caída libre de varios cientos de metros, con la carretera que sube el puerto al fondo del valle a sus pies. La Mola de Vilar (1.321 m.), que era la gran montaña que iban a rodear muy cerca de su cima, era totalmente plana por arriba, como una montaña truncada. La Mola de Vilar junto con la Mola d’Ares son las dos grandes columnas que enmarcan el collado por donde pasa la carretera de Vilafranca. Se ven desde muy lejos y tienen una forma inconfundible. Los nuestros no coronarían la muela, solo andarían a pocos metros de la cima. 

Como ya era costumbre para el grupo, por el camino seguían habiendo puertas que había que abrir y cerrar. Lo empinado del terreno no parece que sea lo más adecuado para las vacas, pero allí estaban. Toros y vacas no se vieron muchos pero huellas, cagadas y agua demostraban que haberlas, las había.

Las vistas eran impresionantes. Desde donde caminaban los Rayitos se ven kilómetros y kilómetros de paisaje. Pasaron por la Font dels Bassiets, muy adaptada para dar de beber a las vacas y poco para las personas. Pocas personas pasarían por esos caminos. Solo los senderistas y no todos.

De repente, una manada de cabras cruzó el camino por delante del grupo. Las cabras, unas 20 y todas hembras, daban saltos espectaculares sin darles miedo la caída libre que tenían delante. Pasaron a pocos metros del grupo y a unos 50 metros después se pararon y, curiosas, se quedaron mirando a los senderistas. La escena pasó tan rápido que no dio tiempo a sacar la cámara ni a hacer fotos decentes. Kiko hizo un par de fotos donde casi se adivinan antes que se ven. 



Poco a poco la senda va subiendo hasta el punto más alto de la etapa. El muro que corona la montaña se abre para dejar paso al camino por un collado. El GPS marca casi 1.300 metros. Justo al lado del collado hay una serie de construcciones. Algo de tipo defensivo, entre masía en ruina, castillo, cerrado de animales y poblado prehistórico. No sé, algo humano había por allí. Sin tiempo ni demasiadas ganas de investigar, los senderistas cruzaron el collado.


Allá, tan arriba, Justo al pasar el collado había una masía y un montón de vacas. Era el Mas de Rufa. Estaban en el kilómetro 2,5 de la etapa. Seguro que había un acceso más fácil desde el otro lado porque había una pista de tierra y la masía se veía en buenas condiciones. Otro grupo de cabras pasó por delante del grupo. Esta vez eran menos.

Unos metros más adelante, en medio del azagador, con una pared a cada lado, un enorme toro, una vaca y un ternero estaban plantados en medio del camino, mirando a los senderistas. Las paredes de piedra seca a ambos lados del camino eran bastante altas y las vacas no tenían opción de salir por un lado. O se iban hacia adelante o salían por donde estaban nuestros caminantes. Una vaca, si ve en peligro a su ternero, puede ser peligrosa, y un toro no se sabe lo que puede hacer, o irse tranquilo o defender a su manada. Como en las películas del oeste, allí estaban los tes Rayitos plantados a un lado y los tres monstruos plantados al otro lado. Los "enemigos" pesarían bastantes cientos de kilos cada uno.


Tras valorar seriamente la situación, el grupo decidió lo más adecuado. Los tres Rayitos saltaron la pared, adelantaron a los tres elementos por fuera del camino y después volvieron a saltar para llegar al camino una vez rebasados los animales. Toda una demostración de valentía y saber popular (más lo último).

Un poco más adelante, ya con la sangre caliente y pensando en toros y vacas, Fede se quiso hacer una foto con una vaca. Gilbert y Fede se pusieron posando pero, entre sacar el móvil para hacer la foto y fotografíar, la vaca se puso de culo y se fue. La foto salió como salió.


Los caminantes estaban en lo más alto de las montañas de alrededor. Ya no podían subir más, con lo que forzosamente ahora todo iba de bajada. La senda seguía siendo estrecha y con piedras y nuestros senderistas perdieron momentáneamente la ruta un par de veces. La zona estaba muy aislada. Mucho prado, algunas masías, bastantes vacas y ninguna persona.

Un poco más adelante, el paisaje ya se humanizaba más. Una conjunto de Masías, el Mas de la Mola, dominaba las tierras de alrededor. Trigo, cebada, vacas, vallas, puertas y demás. El GR7, por un paso no muy evidente, se adentró por un bosquecillo de encinas.

Se pasó al lado de un gran abrigo en la roca que seguro que había sido usado durante siglos para resguardarse. Restos de humo por las paredes y pequeñas estructuras de piedra evidenciaban el paso de humanos. También una pequeña cueva que los miedosos de nuestros caminantes ni se preocuparon por investigar.


El camino seguía por una senda en medio de un bosquecillo. Pasaron por el lado del Tossal de la Nevereta hasta que por fin se llegó a una pista de tierra en perfectas condiciones. Unos kilómetros antes Fede, como en el día anterior, había pedido a los dioses que le pusieran una pista llana y sin desnivel para acabar la ruta y su deseo fue concedido. Sus tobillos no estaban en buenas condiciones y notaba el suelo con más intensidad que el resto. Fue un gran alivio encontrar esta “autopista senderista”.


Desde ese momento hasta la llegada a Benassal el camino fue fácil y tranquilo, con ovejas pastando en una especie de dehesas salpicadas de carrascas. Camino muy plano y bucólico. Como no, la pista se llama El Camí d’Ares.

Mientras que el barrio de Fuente en Segures y la ermita de Sant Cristòfol se veían de lejos, el propio Benassal tardó mucho en dejarse ver. El pueblo está muy hundido dentro del valle.

Poco antes de entrar en Benassal, el Camí d’Ares pasa al lado de la ermita de la Magdalena, un sitio especial. Según la web “Es ésta una de las más curiosas y reconocibles ermitas de la comarca y aun de la provincia, alzada en su atalaya con su insólito aspecto y heterodoxa factura. Rodeada en su día de un muro circular que hoy se ha perdido casi por completo, su traza y estilo son verdaderamente inusuales, con el aire vagamente oriental que le proporciona su cúpula nervada”. Así que, si tienes curiosidad, ve a Benassal y búscala.

La ermita no pega mucho para un lugar como el que está pero da un toque especial al entorno. Podría ser interesante visitar la pequeña ermita pero, como decían los atletas, ellos habían venido a caminar y por desgracia no se acercaron. Era hora de almorzar y esta vez no llevaban comida del chef Fede en la mochila con lo que un bar de Benassal solucionaría su problema alimenticio.

Nuestros héroes tardaron 3 horas en llegar desde Ares a Benassal. No fueron las dos horas que les había dicho la del bar del Coll d'Ares. O ellos iban muy  lentos o la sabiduría popular iba muy rápido. No se sabe. Quizá un poquito de cada.

Hablando de sabiduría popular, nuestros caminantes no notaron nada mientras estaban entre Ares y Benassal. Igual eso de dormitar era de otra época y ahora ya no se llevaba eso de estar entre los dos pueblos en cuestión. 

El GR7 cruza el pueblo de cabo a rabo, entrando por supuesto por la calle de Ares del Maestre. Como tenían claro que almorzarían allí, nuestros caminantes buscaron la plaza del pueblo, porque normalmente los buenos sitios para almorzar estan cerca del Ayuntamiento, cerca del poder.  Callejeando se encontraron con el mercado ambulante, que justo aquel día le tocaba desembarcar en Benassal. El grupo se sentó en el bar de la cooperativa, cerca de la plaza, a disfrutar de un buen almuerzo. Bocata de tortilla de jamón, cervecitas y café. Esta paradita supo a gloria, tanto el almuerzo sólido, como el líquido y como la silla, aunque realmente no estaban cansados después de una caminata casi toda cuesta abajo. Hicieron cuatro risas y pulsaron el ambiente del pueblo.

Benassal es una población que, a diferencia de muchos de los pueblos del interior de Castellón,  todavía está muy viva. Igual era porque había mercado, pero los bares estaban llenos y se veía mucho movimiento.

Fede tenía medio previsto finalizar aquí la jornada senderista. Los días anteriores habían pasado factura a sus pies y andaba por la montaña un poco como las muñecas de famosa. Por la mañana ya se había dejado un coche en Benassal para que Fede pudiera acabar allí si fuera necesario. Y él lo aprovechó.

Kiko, que también iba un poco justo, trató de pactar con Gilbert para que no lo llevará con la lengua fuera el resto del camino. El pacto se cumplió un poco a medias. la paeja quedó en que Kiko fuera delante para así marcar el ritmo y que Gilbert no forzara con su paso juvenil. Gilbert cumplió pero a veces, sin darse cuenta, se embalaba y se iba un poco. Kiko tenía que llamarle la atención y "obligarle" a bajar el ritmo.

Una vez despedido Fede y embadurnados de crema para el sol, la pareja emprendió la marcha. La salida de Benassal fue muy  contundente. Dos kilómetros largos de cuesta importante hasta alcanzar la ermita de Sant Cristòfol. Dejaron a un lado el barrios de Fuente en Segures y continuaron hacia arriba. Hacía sol y calor y Kiko se dejó parte de su alma en el camino. Realmente desde el pueblo hasta la ermita se suben 200 metros así de golpe, pero parece que se suben dos mil.


Una vez pasado el collado al lado de la ermita de Sant Cristòfol de Benassal ya se ve Culla. Justo enfrente. Ya no se deja de ver en lo que queda de etapa. En un ratito se llegaría a destino.

La ermita de Sant Cristòfol de Benassal tiene una historia, como casi todas las ermitas. Se edificó sobre una mezquita musulmana cristianizada en 1372 sobre la cima del Moncàtil, a 1.122 metros de altitud. Esta capilla se derribó en 1700 para construir la nueva ermita, aunque la Guerra de Sucesión retrasó el inicio de las obras hasta 1717, concluyéndose en 1730.

Esta ermita se utilizaba conjuntamente por los pueblos de Benassal y Culla. De hecho la edificación está en el camino entre los dos pueblos. Pero algo debió pasar porque a finales del siglo XVIII los vecinos de Culla edificaron su propio Sant Cristòfol sobre la cima de la Lloma d’en Bom, a 1.060 metros de altura, al lado de su pueblo. Cuenta la leyenda que se enfadaron los de Benassal y los de Culla y que estos últimos eligieron un paraje para construir su ermita que no se pudiera ver desde ningún lugar del término municipal de Benassal. Para saber qué es lo que pasó habrá que ir a Culla y preguntar a algún vecino. Igual la respuesta se ha mantenido en el recuerdo popular del pueblo o igual se ha perdido en la noche de los tiempos..

Desde el collado del Mas de Sant Cristòfol, una gran masía, habitada, con huerta y animales, se baja suavemente por una senda pedregosa. El paisaje está muy pelado, pero es agradable. Genera una especie de paz interior. Será que se está cerca del final de la etapa, que solo son dos los caminantes o que esa tierra tiene una energía especial, pero así fue. Se caminaba muy plácidamente y la pareja iba hablando de forma animada.

El Camí del Benassal, que así se conoce, se adentra en el Bovalar, pequeño bosque de carrasca antiguamente de uso comunal del pueblo. La sombra que generan los árboles hace que se camine muy cómodo por él. Ahora la senda va subiendo poco a poco y  Kiko tiene que recordar a Gilbert su pacto de no agresión e ir delante en el camino. 

Y el camino continuaba subiendo . Culla estaba allá arriba y el final se preveía durillo.

El bosque se acaba y se cruza la Carretera dels Cantonets, tras la que se accede a una pista de cemento. El calor es muy alto y la pendiente es terrible, pero parece que solo serán 800 metros. ¡Pero menudos 800 metros! Kiko se dejó los hígados para llegar.

La ruta acabó directamente en la casa rural que nuestros caminantes habían alquilado. Eran las 13.15 y los 17 kilómetros de la etapa se habían hecho en 5.30 horas, contando almuerzo y todo. Un poco huevón pero en la línea de nuestros Rayitos. Quizá ésta fuera hasta ahora la etapa más cómoda. Salvando la subida de Benassal a Sant Cristòfol y el terrible repechón del final, lo demás fue un bonito paseo.

El Chef Fede tenía la comida casi hecha. Había preparado una ensaladilla rusa que tenía una pinta estupenda. 

Algo de cerveza proporcionó cierta hidratación al grupo y ahora tocaba coger el coche que había en Culla e ir a Ares a recoger el coche con el que se había ido a comenzar la ruta. Fueron y volvieron en un rato sin pararse a tomar cervezas. La fantástica ensaladilla del chef Fede y una siesta coronaron el día.

Por la tarde, nuestro grupo hizo tertulia ante unas pocas cervezas con parte de las fuerzas vivas del pueblo. Josele, el dueño del restaurante (jubilado), Santi el farmacéutico y Albert, el poeta del pueblo, amigos de unos y familia de otros.


Antes que viniera el poeta, el farmacéutico, amigo de Fede, tras saber que el del restaurante era primo de Kiko, comentó a Kiko en tono muy serio y confidencial, “en este pueblo tenemos hasta un poeta, que igual es también primo tuyo”. Resulta que el famoso poeta era el hermano de Kiko. Menos mal que Santi, el de la farmacia no dijo nada malo del poeta (tampoco hubiera pasado nada). Todos rieron con la confidencia. Después no pudieron sacar ni un recital al poeta en cuestión.

Para la cena, nuestros senderistas se dieron un pequeño homenaje con un kilo de chuletón de ternera para compartir, comprado en la tienda de Belén y Roberto, todo regado con una botella de Viña Pomal del 2018 regalada por Josele. Tanto la carne como el vino estaban fantásticos. A Fede casi ni le dolían los pies.




A las 10 y pico, con la carne a medio digerir, se fueron a dormir, que el siguiente día, el último, había que cumplir. Para Fede era imposible seguir por culpa de sus pies y tobillos, con lo que haría de logístico recogiendo al resto del grupo en Vistabella, final de la ruta del día siguiente y de la aventura de ese año..


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