Preparativos y aproximación
7 de la tarde de un domingo a finales de junio. Gilbert y Kiko aparcan un coche en la plaza de Sant Antoni de Vallibona. Con este aparcamiento comenzaba la aventura de los Rayitos de ese año. El paso inicial por Vallibona formaba parte de una estudiada logística para hacer lo más cómoda posible la experiencia.
El objetivo del año era aprovechar una gran ruta a su paso por la provincia de Castellón y pasar cinco días de travesía. El GR7 es un sendero de gran recorrido que, partiendo de Andorra, llega hasta el estrecho de Gibraltar. Nuestros senderistas, por afinidad geográfica, decidieron cubrir la parte de esta gran ruta que atraviesa de norte a sur su provincia.
La empresa era atractiva y ambiciosa. El viaje por la provincia son 10 etapas que salen desde Fredes y acaban en Bejís. Para nuestros senderistas huevones, con responsabilidades familiares, de trabajo y de cansancio, quizá 10 etapas fueran demasiado, así que optaron por partir la aventura en dos. Cinco etapas para un año y, si todo salía bien, las cinco etapas restantes para el año siguiente.Los tres Rayitos, Fede, Gilbert y Kiko, se animaron a la aventura, pero trataron, a sus casi 60 años, de buscar las mayores comodidades posibles dentro de lo razonable. Gilbert, el logístico, planteó la caminata con sólo 2 puntos base para dormir, Morella y Culla. Después, para poder comenzar y terminar las etapas en los lugares correctos, se utilizarían dos coches, uno para ir al punto de salida y otro para esperar a los caminantes en el punto de llegada. Vallibona era el primer punto de llegada.
Las etapas del GR7 que se iban a abordar ese año cubrían desde Fredes, comienzo de la ruta, hasta Vistabella, lugar donde se daría por acabada esta primera parte de la aventura. Eran alrededor de 100 kilómetros con 3.000 metros de desnivel positivo con los que nuestros senderistas matarían el gusanillo de la montaña. Y lo matarían bien muerto.
El primer día cubrirían el camino que iba de Fredes a Vallibona. El segundo llegarían hasta Morella, para al día siguiente andar hasta Ares. Desde Ares caminarían hasta Culla y por fin, el último día, alcanzarían Vistabella, fin de la ruta anual.
Las etapas estaban bastante compensadas con lo que la más corta era de 17 y pico y la más larga de casi 25. Todo eran valores asumibles para ellos. Siempre con esfuerzo pero sin pasar ningún límite. Los perfiles no parecía demasiado terribles, salvo la subida del monlleo de la etapa 5. Esa la conocían y sabían su dificultad.
A pesar que el único bar/restaurante/hostal de Vallibona estaba a punto de cerrar, Kiko y Gilbert consiguieron tomar una cerveza en su terraza. Pidieron una más para Fede, que estaba a punto de llegar con su coche. La tarde no era calurosa. Se estaba bien con manga corta pero al límite del fresco. Aprovechando que tenían delante a Tere, la dueña del local, encargaron la comida para el día siguiente. Tuvieron suerte que, a pesar de ser el día siguiente lunes, estaría abierto porque le llegaban unos nuevos clientes a dormir.
Tere, la simpática propietaria animó a nuestros héroes a hacer la ruta. Les dijo que era muy bonita y les preguntó hasta qué hora les tendría que esperar. Los Rayitos pidieron por favor que les esperara hasta que hiciera falta. No tenían claro cuánto les costaría hacer los kilómetros del día pero calculaban que a mediodía estarían ya por allí. No obstante, si hubiera algún imprevisto, llegarían con hambre y, fuera la hora que fuese necesitarían comer, aunque fuera un bocata. Tere se rió y dijo que no se preocuparan, que comida habría, y cerveza, también.
En Vallibona, pueblo con 67 habitantes censados, se respiraba cierto ambiente. Nuestros senderistas vieron a 4 o 5 personas y tomaron la copa a gusto. Al poco tiempo llegó Fede, se tomó su cerveza y, dejando un coche en el pueblo, los tres senderistas fueron con un único coche para Morella, el centro de operaciones de los próximos tres días.
Los roles de los Rayitos estaban bien definidos. Fede, el chef era el que tenía cuidado de la comida. Controlaba la compra y preparaba los almuerzos, comidas y cenas del grupo. Todo un acierto. Gilbert era el que gestionaba la logística general. Hablaba con bares, restaurantes, sitios para dormir y demás. En definitiva, era como el ministro de relaciones exteriores. Kiko era el tracker. Era el que descargaba las rutas, ajustaba los gps y hacía que el grupo se perdiera lo menos posible en la montaña.
En cuanto a la disposición del grupo en la montaña, también había sus preferencias. A Gilbert le gustaba ir primero. Era una manía. Cuando el primer puesto lo ocupaba Fede, el grupo ganaba en velocidad y había que pararle los pies para no morir de cansancio. El segundo en el orden del grupo solía ser Fede y el tercero Kiko. En esta aventura el segundo y el tercer puesto cambiaron. Ahora el segundo sería Kiko y el tercero Fede. La razón era que Kiko andaba un poco falto de fuerzas y si iba el último siempre tenía que forzar la máquina y gritar para que le esperaran. En los casos en los que el esfuerzo era muy grande, Kiko se ponía primero y marcaba el ritmo, así no iba tan forzado. En cuanto a momentos de dudas o de pérdida del camino, Kiko también se ponía con el gps para que el grupo se reencontrase a sí mismo.
El apartamento que alquilaron en Morella para las tres noches era muy, muy céntrico. Estaba debajo de los porches, en el Carreró de Garcia. Era un tercero sin ascensor, cosa que no importaba en absoluto a nuestros Rayitos. Era digno. Decoración de treinta años atrás pero con las suficientes comodidades. Y algo muy importante, había una habitación para cada uno. Los años de compartir habitación tenían que acabar. Pedos y ronquidos debían concentrarse en los espacios privados de cada uno. Gilbert vio una lavadora y ya le hizo ilusión ponerla para el día siguiente. Realmente no era necesario lavar pero ya que había lavadora, se usaría.
En cuanto a la ubicación, ya habíamos dicho que estaba céntrico, pero había dudas en cuanto al traslado de maletas y mochilas. Morella es un pueblo superturístico donde las calles son estrechas y están restringidas al tráfico. No se tenía claro dónde aparcar el coche.
Un amigo había comentado a Gilbert que fueran al final del aparcamiento de la Alameda, que es el lugar más cercano al centro. Desde allí seguro que estarían cerca.
Y su amigo acertó. Desde donde aparcaron, en casi la última plaza de aparcamiento de la Alameda, no había más de 5 minutos hasta el apartamento. Llevaron las cosas sin problema en un solo viaje.
Tras investigar la casa, colocar la ropa y llenar la cocina con los alimentos que traían, nuestros caminantes salieron a tomar algo y cenar.
Subieron a los porches para ver si había algo abierto un domingo por la tarde-noche. La verdad es que el pueblo estaba animado. No era como Vallibona. Allí estaban en una capital y así se podía ver, como una capital. Gente en los bares, por las calles, recogiendo ya para irse a casa. Todavía se respiraba cierto aire cosmopolita aun siendo domingo y tarde.
De repente, paseando por la calle se oye de un grupo de personas que estaban tomando cervezas. “Cómo van nuestros senderistas favoritos”. Los tres se giraron a la vez.
Las personas que les hablaron eran Javi y Valli, amigos de Kiko y Gilbert, con os que hablaron unos minutos. Ellos les indicaron donde cenar.
Recomendados por Javier, fueron al bar Xuso. Un buen bocata que se comió sin sentir y una bebida fresca fue suficiente para llenar la tripa de los tres senderistas. Cuando acabaron, se despidieron de sus amigos morellanos, que cenaban al lado, y fueron a dormir, que al día siguiente había que madrugar y esforzarse un poquillo.
Se durmió regular, por el cambio de cama y de ambiente, y por los “nervios” y prisas por comenzar la aventura.






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